marzo 1, 2026
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Juan Pablo estaba en medio de otra discusión entre Lucía y Mario. Esta vez, era sobre una vieja deuda. Ambos hablaban al mismo tiempo, lanzando reproches.

—Lucía, ¿realmente necesitas que te pague ahora? —preguntó Juan Pablo, calmado.

Lucía cruzó los brazos. Mario suspiró, bajando la voz.

—Es que siempre es lo mismo…

Un par de preguntas más, y la tensión bajó. Llegaron a un acuerdo. Juan Pablo se despidió, sintiendo el peso de las palabras desvanecerse un poco.

En el trabajo, los rumores sobre un proyecto fallido iban creciendo. Todos susurraban, preocupados por los posibles despidos. Juan Pablo, atento a las conversaciones, reunió datos. Habló con un par de jefes. Las piezas no encajaban.

—No habrá recortes —dijo, soltando la verdad en voz baja, mientras pasaba por la sala de café.

El ambiente cambió de inmediato. La gente volvió a trabajar.

Por la tarde, un colega le pidió ayuda con un diseño arquitectónico. Juan Pablo no era arquitecto, pero en pocas horas, había entendido los planos, ajustado cálculos, sugerido mejoras.

Al llegar a casa, la sensación de control se desmoronó. El caño seguía goteando. El colchón, roto, lo esperaba. Abrió la refrigeradora. Vacía. Se dejó caer en la cama, sintiendo cómo el cansancio alcanzó todo su cuerpo.

Esa noche, los sueños llegaron como una tormenta. Voces. Las de Lucía, Mario, sus compañeros de trabajo, todas hablando a la vez. Juan Pablo intentaba seguirlas, pero se mezclaban, crecían en intensidad. El ruido era insoportable. Sentía que se hundía en esa maraña de palabras, hasta que, de repente, una voz clara, femenina, suave, surgió entre el caos. Las otras voces desaparecieron. Solo quedaba esa voz, tranquila, llevándolo a un espacio más sereno.

Se despertó con la sensación de calma. Las voces del sueño seguían resonando, pero la suave permanecía. Mientras se preparaba para salir, oyó el sonido de alguien hablando en el pasillo. La misma voz.

Era su vecina, Claudia. Estaba charlando con alguien al otro lado del pasillo. Él se detuvo un momento, escuchando. Y supo que la había encontrado, incluso antes de decir una palabra. Claudia se dio cuenta de la presencia de Juan Pablo y se saludaron cortésmente, con una sonrisa recíproca. En las noches sucesivas compartieron sueños similares. Poco tiempo después, comenzaron a vivir sus propios sueños.

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