El síndrome del INFJ: La envidiable cruz que nadie quiere cargar (excepto todos los demás)

Por Mariana E. Nostálgico, aspirante a INFJ profesional y autora del best-seller imaginario: «Cómo fingir profundidad en redes sociales»
Vivimos tiempos oscuros. No porque el cambio climático avance implacable o porque Elon Musk siga teniendo acceso a Twitter, sino porque la humanidad se enfrenta a una crisis existencial sin precedentes: todos quieren ser INFJ, menos los INFJ. Este fenómeno, conocido como el «Paradojo INFJ» (Smith, 2024), ha generado una ola de autoidentificación masiva y no regulada dentro del espectro del MBTI. Como resultado, el planeta está inundado de publicaciones tipo «Soy un INFJ, por eso nunca respondo mensajes» y «Ser INFJ es cargar con el peso del mundo mientras lloras al escuchar Clair de Lune«.
El INFJ, ese cáliz dorado de las personalidades
Para los no iniciados, los INFJ (Introvertidos, Intuitivos, Sentimentales y Juiciosos) representan el equivalente psicológico de los unicornios: raros, mágicos y profundamente incomprendidos (según ellos). Son el 1% de la población, aunque, si nos guiamos por internet, parecen ser más numerosos que los gatos en TikTok.
Según Los principios básicos del MBTI explicados por tu tía que cree en los astros (González, 2023), los INFJ son empáticos visionarios con una capacidad innata para salvar a la humanidad y, al mismo tiempo, sufrir existencialmente por ello. Pero la realidad es más sencilla: son introvertidos que leen poesía y se quejan de lo poco que los entienden.
El problema surge cuando este perfil, cuidadosamente elaborado para atraer admiración y una pizca de envidia, se convierte en un objetivo para las masas. Como bien dice Miguelito Pérez, autor del artículo viral Cómo descubrir si eres INFJ en 10 preguntas que parecen test de BuzzFeed: «Todos quieren ser especiales, y nada es más especial que ser especial y sufrir por ello».
La plaga de los aspirantes a INFJ
¿Por qué la gente quiere ser INFJ? Fácil: porque suena cool. Ser INFJ implica ser sensible pero no débil, visionario pero incomprendido, amable pero con una profundidad que las almas comunes no alcanzan a ver. En palabras de Carla Villalobos, influencer de MBTI, «Ser INFJ es como ser Batman, pero llorando por los huérfanos mientras rescatas Gotham».
Es tentador. ¿Quién no querría ser un mártir moderno, capaz de escribir frases ambiguamente profundas en Twitter como «A veces, el silencio dice más que mil palabras, pero nadie escucha»? (Villalobos, 2023). La etiqueta de INFJ se ha vuelto una insignia de honor, una forma de decir «soy demasiado complejo para este mundo superficial».
Sin embargo, este entusiasmo desmedido ha llevado a una inflación de INFJs autodiagnosticados que rivaliza con la inflación del peso argentino. Al parecer, todos los que alguna vez lloraron viendo The Notebook o escribieron un poema terrible a los 15 años ahora creen que son el alma torturada que el mundo necesita.
Los verdaderos INFJ y su molesta falta de gratitud
Aquí está la ironía: los verdaderos INFJ no quieren ser INFJ. No es que sean humildes o algo así; simplemente son insoportablemente exquisitos en su autocompasión. Como señala Sofía Menchaca en su libro INFJ: Demasiado especial para su propio bien, «Los INFJ no solo se sienten incomprendidos, sino que hacen todo lo posible para que nadie los comprenda. Es como si disfrutaran de su tragedia personal».
En lugar de aceptar su papel como los semidioses emocionales que el mundo necesita, los INFJ prefieren quejarse de lo agotador que es ser ellos mismos. «Es difícil ser tan empático en un mundo tan frío», podría decir un INFJ, mientras ignora el mensaje de texto de un amigo que necesita ayuda.
Esta actitud pasivo-agresiva es, francamente, insultante para quienes, como yo, estamos dispuestos a cargar con el manto del INFJ con orgullo. ¿Que ser INFJ es difícil? Claro que sí. Pero no me digas que llorar por Amélie mientras sostienes una taza de té de jazmín es más difícil que ser, no sé, conductor de autobús en Bangladesh.
Una crítica amorosa (y algo agresiva)
A los verdaderos INFJ, les digo esto: ¡Cálmense! Nadie está robando su corona de incomprensión. En cambio, deberían estar agradecidos de que su «sufrimiento único» se haya convertido en el estándar de oro para las almas aspiracionales. Como bien dijo alguna vez el filósofo urbano GatoMente85 en su tuit viral: «Si todos quieren ser tú, es porque eres increíble. Deja de llorar y brilla, rey/reyna».
Es hora de que los INFJ acepten su protagonismo en el drama humano. Si ser INFJ significa llevar el peso del mundo, al menos háganlo con estilo. Pongan «Clair de Lune» de fondo, tómense una selfie con filtro melancólico y abracen el hecho de que, aunque el mundo no los entienda, la mitad de la población está intentando imitarlos.
Conclusión: Dejen espacio en el tren
Como alguien que lucha todos los días por ser un INFJ (todavía no puedo escribir haikus sin que rimen), debo decir que me irrita profundamente la actitud elitista de los INFJ reales. ¿Es tan difícil dejar que los demás compartamos su narrativa de unicornios tristes? En palabras de Paquito P., experto en «Sentir Cosas Muy Fuertes» en Instagram: «Ser especial es un regalo. Pero si todos quieren ese regalo, tal vez sea hora de compartir un poco».
Así que, INFJ, por favor: Dejen de lamentarse y dennos a los demás un espacio en el tren de la profundidad emocional. Prometemos ser buenos pasajeros, aunque llevemos un termo de café y una libreta llena de poemas mediocres.