marzo 1, 2026
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Alicia estaba en su escritorio, rodeada de papeles y libros de psicología avanzada. Estaba en su último semestre de la maestría y tenía que entregar un ensayo sobre los efectos de los traumas generacionales. La teoría la entendía perfectamente, pero en su mente resonaba una pregunta recurrente: ¿Y si todo lo que estoy haciendo está mal?. Como INFJ, siempre había sido capaz de captar las emociones y preocupaciones de los demás, pero cuando se trataba de su propio trabajo, nada parecía suficiente.

Mientras trataba de concentrarse, su teléfono sonó. Era su hermano menor. No tardó en explicar que su matrimonio estaba en una crisis y no sabía qué hacer. Alicia dejó de lado sus notas y, sin dudarlo, se sumergió en el problema de su hermano. Después de una hora de conversación, logró que él viera su situación desde una nueva perspectiva, ofreciendo consejos que lo tranquilizaron. Agradecido, él colgó el teléfono sintiéndose aliviado, pero Alicia se quedó mirando el aparato. ¿Por qué puedo ayudar a los demás, pero no a mí misma?, pensó, sintiendo ese peso familiar en el pecho.

Más tarde, en el trabajo, Alicia se encontraba resolviendo una crisis de último momento. Un cliente importante de la agencia había presentado un problema inesperado en su proyecto, y mientras sus compañeros discutían posibles soluciones, ella fue la que se adelantó, encontrando una manera de optimizar el proceso y evitar pérdidas. Todos en la oficina la alabaron por su habilidad para encontrar soluciones bajo presión. Pero mientras los demás celebraban, Alicia solo podía pensar en cómo no merecía esos elogios. Solo tuve suerte esta vez.

Esa tarde, se dirigió a la reunión comunitaria en la que participaba como voluntaria. La ciudad estaba atravesando una serie de problemas sociales, y Alicia formaba parte del equipo de mediación que ayudaba a resolver conflictos vecinales. Durante la reunión, expuso con claridad los pasos que debían seguir para mejorar la comunicación entre los vecinos, y su intervención fue clave para que la comunidad lograra acuerdos. Al salir del encuentro, la felicitaban por su capacidad para liderar y guiar a los demás, pero ella solo sonreía tímidamente, sintiendo que en cualquier momento descubrirían que no era tan buena como creían.

Esa noche, exhausta, Alicia regresó a casa y trató de continuar con su ensayo de maestría. Las palabras no fluían. No soy lo suficientemente inteligente para esto, pensaba. Y aunque su historial académico estaba lleno de éxitos, la voz en su cabeza seguía repitiendo que era una impostora. Que tarde o temprano todos se darían cuenta.

Su amigo Sebastián, un INTJ con quien mantenía largas conversaciones sobre la vida, la llamó para preguntarle cómo iba todo. Después de unos minutos de charla sobre trivialidades, Alicia no pudo evitar confesarle lo que llevaba tiempo sintiendo.

—Siento que no soy lo suficientemente buena en nada. En la maestría, en el trabajo, en mi familia… Todo el mundo me dice que soy brillante, pero yo no me lo creo. Me siento como una impostora, Sebastián. Siempre pienso que en cualquier momento voy a fracasar o que descubrirán que no soy tan capaz.

Sebastián guardó silencio por un momento, como si estuviera midiendo cada palabra antes de hablar.

—Alicia, si no tuvieras el síndrome del impostor, serías muy peligrosa —dijo con una calma que solo él podía transmitir.

Ella frunció el ceño, sorprendida por su comentario.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Te pasas la vida resolviendo los problemas de los demás. Encuentras soluciones en situaciones complejas, haces que las cosas funcionen cuando otros ni siquiera saben por dónde empezar. Pero esa duda que tienes sobre ti misma, esa sensación de que no eres lo suficientemente buena, es lo que te mantiene con los pies en la tierra. Es lo que te hace seguir aprendiendo, seguir mejorando. Si no dudaras de ti misma, podrías convertirte en alguien arrogante, alguien que deja de cuestionarse y, por lo tanto, deja de crecer. Esa inseguridad que odias, Alicia, es también lo que te hace tan humana y tan brillante.

Alicia se quedó en silencio, procesando las palabras de Sebastián. Jamás había visto su síndrome del impostor desde esa perspectiva. Era agotador vivir con esa voz crítica en su mente, pero tal vez, como decía Sebastián, era lo que la mantenía buscando ser mejor cada día, sin conformarse.

—Quizás tengas razón —murmuró finalmente, sintiendo una pequeña chispa de alivio.

Sebastián esbozó una pequeña sonrisa, aunque Alicia no podía verla a través del teléfono.

—Lo sé. Ahora deja de dudar y termina ese ensayo.

Alicia volvió a su escritorio, el cursor parpadeando frente a la página en blanco que aún esperaba. Sabía que tenía que terminar el ensayo, pero algo en las palabras de Sebastián seguía resonando en su mente. «Si no dudaras de ti misma, serías muy peligrosa», había dicho. La idea la inquietaba. ¿Realmente esa inseguridad era lo único que la mantenía en equilibrio?

Cerró los ojos por un momento, dejando que su mente divagara. En su imaginación, apareció una versión alternativa de sí misma, alguien que no sufría del síndrome del impostor. Esta Alicia caminaba con una seguridad inquebrantable, sin las dudas constantes que la asediaban a diario. Era brillante, confiada y carismática, pero había algo diferente en su forma de actuar. En lugar de usar su empatía para ayudar a los demás, la empleaba para manipular situaciones a su favor, consiguiendo lo que quería sin detenerse a pensar en las consecuencias para los otros.

Se imaginó utilizando su profunda capacidad para leer a las personas, no para comprenderlas, sino para influenciarlas, para mover los hilos a su antojo. Podía anticipar las emociones y reacciones de quienes la rodeaban, dándoles justo lo que necesitaban oír para obtener lo que quería de ellos. Amigos, colegas, incluso su propia familia… Todos eran piezas en un tablero de ajedrez en el que ella siempre salía ganando.

En esa visión, veía cómo su vida se transformaba. El éxito llegaba más rápido, las puertas se abrían sin esfuerzo. Sin la carga de las dudas, podía manipular cualquier situación a su favor, sin detenerse a cuestionar si sus acciones eran correctas. Sentía la satisfacción de estar en control absoluto, de ser la mente maestra detrás de cada decisión.

Pero entonces, algo en esa imagen le hizo estremecerse. Esa versión de sí misma no era ella. No tenía la calidez, la compasión que siempre había sentido por los demás. Y aunque en esa visión era poderosa, había una frialdad en sus ojos que la asustaba. No era la Alicia que quería ser. Era una Alicia peligrosa, una que había dejado atrás su humanidad para obtener el éxito a cualquier precio.

Alicia abrió los ojos de golpe, sacudida por el pensamiento. La idea de aprovecharse de su empatía para manipular a los demás le resultaba aterradora. Comprendió que su síndrome del impostor, por frustrante que fuera, la mantenía conectada con lo que realmente importaba: ser buena, ser humana, ser alguien que ayudara a los demás porque era lo correcto, no porque buscara un beneficio personal.

Respiró hondo y volvió a mirar la pantalla. Esta vez, las palabras fluyeron. Terminó su ensayo no porque quisiera demostrar algo a alguien, sino porque sabía que su trabajo tenía valor. No necesitaba manipular, ni aprovecharse de su empatía. Quería seguir siendo quien era, con sus inseguridades y todo, porque eso la hacía mejor, más consciente, más real.

Y mientras enviaba el ensayo, sintió un pequeño alivio. No era perfecta, y tal vez siempre sentiría que no era suficiente, pero al menos sabía que ese pensamiento no la definía. Lo que la definía era su elección diaria de ser buena, incluso cuando la duda la acompañaba. Y eso, más que cualquier éxito superficial, era lo que realmente importaba.

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